¡OH Dios, los gentiles han entrado en tu herencia; han profanado tu santo Templo! ¡han convertido a Jerusalem en montones de escombros!2 ¡Han dado los cadáveres de tus siervos para ser comida a las aves del cielo, la carne de tus santos, a las bestias de la tierra!3 ¡Han derramado su sangre, como agua, en derredor de Jerusalem; y no hay quien los entierre!4 Hemos venido a ser objeto de oprobio a nuestros vecinos, el escarnio y la irrisión de los que nos rodean.5 ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿te airarás para siempre? ¿tus celos arderán como fuego?6 Derrama antes tu ira sobre las naciones que no te conocen, y sobre los reinos que no invocan tu nombre:7 porque han consumido a Jacob, y han asolado su morada.8 ¡No tengas en memoria contra nosotros las iniquidades pasadas! ¡apresúrate! ¡vengan tus misericordias a encontrarnos; porque estamos muy abatidos!9 ¡Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre! ¡líbranos, y perdona nuestros pecados, por causa de tu nombre!10 ¿Por qué han de decir los gentiles: Dónde está el Dios de ellos? ¡Sea conocida entre las naciones, a nuestra vista, la venganza de la derramada sangre de tus siervos!11 ¡Llegue delante de ti el gemido de los encarcelados! ¡conforme a la grandeza de tu poder preserva a los condenados a muerte;12 y devuelve a nuestros vecinos en su mismo seno, con los siete tantos, la deshonra con que te han deshonrado, oh Jehová!13 Así nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu dehesa, te alabaremos para siempre: de generación en generación contaremos tus alabanzas.